Argentina y Estados Unidos firmaron un acuerdo comercial histórico que modifica aranceles, inversiones y controles estratégicos. Qué implica para la economía local.
La Casa Blanca y el Gobierno argentino oficializaron un nuevo marco de comercio e inversiones que, según ambos países, apunta a “profundizar la cooperación bilateral” y abrir una etapa de mayor integración económica. El anuncio llegó acompañado de un mensaje claro: Washington quiere un vínculo más previsible y Buenos Aires busca inversiones urgentes para dinamizar sectores clave.
Según el comunicado estadounidense, el acuerdo establece reglas más estables y un entorno “transparente” diseñado para impulsar innovación, comercio y crecimiento de largo plazo. En la práctica, implica una reconfiguración del mapa arancelario y un gesto político significativo: la administración de Donald Trump vuelve a colocar a la Argentina en su radar estratégico.
El embajador Peter Lamelas fue categórico: aseguró que el pacto es “histórico” y que ambas naciones “nunca estuvieron tan decididas ni tan unidas”. El mensaje, difundido en redes, buscó dejar en claro que Washington respalda el rumbo económico que tomó Buenos Aires.
Del lado argentino, el canciller Pablo Quirno celebró el avance y destacó meses de negociaciones técnicas entre Economía, Cancillería y el Ministerio de Transformación del Estado. También agradeció al presidente Javier Milei por el “apoyo constante” que, según dijo, permitió cerrar el entendimiento.
Los puntos clave del acuerdo
Aranceles flexibilizados.
Argentina reducirá aranceles para productos estratégicos de EE.UU., como maquinaria, tecnología, químicos, medicamentos y vehículos. A cambio, Washington eliminará aranceles sobre recursos naturales y derivados usados por la industria farmacéutica. El documento también menciona un avance en el acceso recíproco para la carne vacuna, un sector históricamente trabado por restricciones sanitarias y cupos.
Barreras no arancelarias.
Buenos Aires se compromete a eliminar formalidades consulares que encarecían las importaciones estadounidenses. A su vez, Estados Unidos quitará progresivamente el impuesto estadístico para bienes de origen norteamericano.
Seguridad económica y geopolítica.
Ambos países acordaron coordinar acciones frente a prácticas comerciales “desleales” provenientes de terceros actores, sin mencionarlos explícitamente. Esto incluye controles de exportación, análisis de inversiones y mecanismos para evitar triangulación o evasión de derechos.
Minerales críticos y agricultura.
Uno de los capítulos más sensibles abre la puerta a una cooperación directa sobre minerales estratégicos —litio, cobre, tierras raras— y a la estabilización conjunta del comercio global de soja, un mercado volátil donde China tiene un peso determinante.
¿Un acuerdo equilibrado o un movimiento estratégico?
Si bien el gobierno argentino celebra la posibilidad de atraer inversiones estadounidenses, especialistas consultados advierten que la flexibilización arancelaria podría intensificar la competencia para industrias locales que hoy atraviesan una fuerte recesión. En paralelo, la incorporación de temas como minerales críticos y vigilancia de inversiones apunta a consolidar a la Argentina dentro del eje de influencia estadounidense en un contexto global tensado.
El acuerdo, más allá de sus potenciales beneficios, marca un giro político: reposiciona a Buenos Aires como aliado directo de Washington y envía un mensaje claro sobre el rumbo geopolítico que busca consolidar la actual administración.








