Crecen las diferencias en el Ejecutivo. Javier Milei prioriza el vínculo con evangélicos y el judaísmo, mientras Victoria Villarruel reafirma la tradición católica en el Congreso.

 

 

Nación. En los pasillos del poder ya no solo se habla de economía o leyes; ahora la disputa se trasladó a la fe. El Gobierno de Javier Milei muestra una grieta espiritual que cada día es más evidente.

 

 

 

 

Por un lado, el Presidente parece decidido a romper con la tradición del país, dándole la espalda a la Iglesia Católica para recostarse en las iglesias evangélicas y su ya conocido acercamiento al judaísmo. Por el otro, la vicepresidenta Victoria Villarruel se aferra a la religión que profesa el 80% de los argentinos y que marca nuestra identidad nacional.

 

 

 

 

Villarruel no anda con vueltas: en el Senado de la Nación, decidió montar un oratorio católico. El lugar elegido no es casualidad; es la oficina que ocupaba el exsenador peronista Edgardo Kueider, aquel que terminó detenido en Paraguay con un «curro» de más de 200.000 dólares sin declarar (una muestra más de la impunidad con la que se manejaron algunos sectores del peronismo).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Donde antes había sospechas de corrupción, hoy hay bancos con reclinatorio, una bandera argentina y otra del Vaticano. Es un mensaje directo: el orden y la fe tradicional vuelven a tener su espacio en el Congreso.

 

 

 

 

El camino de las «minorías» La otra cara de la moneda es el Presidente. Milei, que en campaña fue durísimo con el Papa Francisco, mantiene una distancia que ya preocupa a los obispos. Mientras la Conferencia Episcopal esperaba un mensaje de Navidad o una invitación a la Casa Rosada que nunca llegó, el León se siente más cómodo con los pastores evangélicos, a quienes ya recibió en el despacho presidencial para realizar oraciones.

 

 

 

Esta jugada de Milei de «ningunear» a la religión oficial del Estado —la que sostiene la Constitución— genera ruido. Para muchos, se trata de una estrategia para congraciarse con minorías religiosas, dejando de lado los pactos históricos del país.

 

 

 

La Iglesia no oculta su malestar; ven con desconfianza este giro que se aparta de las tradiciones criollas y que parece más alineado con cultos que poco tienen que ver con la historia de nuestra tierra.

 

 

 

Mientras Villarruel se muestra como la cara visible de la Argentina católica y conservadora, Milei prefiere el misticismo de las sectas cristianas y el estudio de la Torá.

 

 

 

La pregunta que queda flotando es si esta «guerra de religiones» es solo una diferencia de fe o si es otra batalla más en la pelea por ver quién representa mejor el ADN de los argentinos. Lo cierto es que, entre oratorios y pastores, la interna en la cima del poder sigue sumando capítulos, ahora con olor a incienso.